lunes, 17 de mayo de 2010

Día 114: Tengo un grano en la oreja.

"La ansiedad es conciencia del miedo, un miedo en segundo grado, que reflexiona sobre sí mismo. Está hecha de la imposibilidad de comulgar con el todo, de asimilarnos, de perdernos en él; detiene la corriente que pasa del mundo a nosotros, de nosotros al mundo, y no favorece nuestras reflexiones más que para mejor destruir su impulso, desembriaga sin cesar el espíritu; ahora bien, no hay especulación de cierto alcance que no proceda de una embriaguez, de una pérdida de control, de una facultad de perderse, luego de renovarse.
Inspiración al revés, la ansiedad nos llama al orden al menor revuelo, a la menor divagación. Esta vigilancia es funesta para el pensamiento, a menudo paralizado, encerrado en un círculo maldito, condenado a no poder salir de sí mismo más que a tirones y a escondidas. También es verdad que si nuestras aprehensiones nos hacen buscar la liberación, son ellas, empero, las que nos impiden alcanzarla. Aunque tema al porvenir hasta el punto de convertirlo en el único objeto de sus preocupaciones, el ansioso está prisionero del pasado, oncluso es el único hombre que tiene realmente un pasado. Sus males, de los que es esclavo, no le hacen avanzar más que para mejor tirar de él hacia atrás. Llega a echar de menos el miedo bruto, anónimo, del que todo parte, que es comienzo, origen, principio de todo lo que vive. Por atroz que sea, es sin embargo, soportable, puesto que todos los vivientes se resignar a él, les sacude y les arrasa, pero no les aniquila. No sucede lo mismo con ese miedo refinado, reciente, posterior a la aparición del yo, en el que el peligro, difuso, omnipresente, no se materializa nunca, miedo replegado sobre sí y que, a falta de otro alimento, se devora a sí mismo."
E. M. Cioran.

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